sábado, 29 de agosto de 2009

... o callar para siempre

Nuevamente, el retorno a la Casa del Padre de un familiar de un amigo, me hace pensar muy seriamente cuál es nuestra actitud ante este desenlace.

No hace mucho, falleció un tío mío, de cáncer (sí esa enfermedad a la que todo el mundo llama "algo malo"). Lo que me ha dejado bastante perpleja es el "silencio administrativo" de la familia: eso es, "no decírselo". Será que como católica y como practicante (que no ATS), considero que ante la muerte hay que estar preparado: no sólo a nivel puramente humano (hacer testamento, despedirse de la familia, tal vez reconciliarse con alguien...) sino también a nivel puramente espiritual, como diría mi bisabuela Rafaela:

"Cuatro cosas le pido yo a Dios: Confesión, Comunión, Óleos santos y Salvación".

Y habría que evaluar hasta qué punto llega nuestro grado de tolerancia, si dejamos morir a una persona que sabemos creyente en pleno desconocimiento de su mal, sólo por el hecho de no compartir sus creencias, o por motivos más mundanos (que humanos) de "no hacerle sufrir". Sé que muchos pueden diferir de mi opinión, pero como creyentes, nos corresponde esperar al Esposo con aceite no sólo en nuestras lámparas, sino también en nuestra alcuza. Nos jugamos algo muy importante: ¡La Eternidad! y no quisiera estar más tiempo del que me va a corresponder esperando Verle, por haber callado para siempre.